Santiago de Cuba, 28 de febrero del 2014
“El Evangelio en los niños de nuestra Iglesia”
Por el hermano Fernando Enrique Bolivar Elliot
Reflexión para mis hermanos de la Iglesia.
San Marcos 10:13-16 “Y le presentaban niños para que los tocase; y los discípulos reprendían a los que los presentaban. Viéndolo Jesús, se indignó, y les dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios. De cierto os digo, que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y tomándolos en los brazos, poniendo las manos sobre ellos, los bendecía”.
¿Quiénes son la inocencia, los ángeles y las almas puras de nuestra Iglesia? ¿De quienes es el Reino de Dios? ¿Nosotros los hombres vemos a los niños como lo ve Jesús? ¿Hacemos lo suficiente para que crezcan en el Evangelio y luego no se aparten del verdadero camino de Dios?
Quiero reflexionar con ustedes, mis hermanos, sobre las personas más importantes en nuestra Iglesia, sobre las personitas más importante en la Iglesia de Dios, de aquellas de corazón alegres, de los que revolotean a nuestro alrededor como palomas, de las almas puras e inocencia marcada, de los dueños del Reino de Dios. De nuestros niños, esos que transforman nuestras vidas, que nos llenan de preocupaciones, y alegrías. Esos niños, que no pidieron nacer, pero que desde el primer día, nos exigen a gritos que invirtamos tiempo en amarlos, educarlos, e instruirlos.
Proverbios 22: 6 “Instruye al joven según sus disposiciones, que luego, de viejo, no se apartará de ellas”.
Veamos a nuestros niños como lo ve Jesús, amémoslos como a Dios mismo, porque en ellos está la esperanza de nuestra Iglesia, en ellos está la pureza de espíritu que Dios quiere para todos nosotros.
San Marcos 9:35-37 “Entonces él se sentó y llamó a los doce, y les dijo: Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos. Y tomó a un niño, y lo puso en medio de ellos; y tomándole en sus brazos, les dijo: El que reciba en mi nombre a un niño como este, me recibe a mí; y el que a mí me recibe, no me recibe a mí sino al que me envió”.
Nosotros los adultos pensamos que somos más grandes que los niños, y los subestimamos, pero en realidad somos diminutos a los ojos de Dios, a los ojos de Dios los niños son más, pero mucho más grande que todos nosotros juntos.
1 Pedro 2:2 “desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación”.
Desde que nacen ya nos enseñan de cariño, de amor incondicional, de humildad, honestidad, sinceridad; sin embargo, a muchos de nosotros nos he difícil detenernos y apreciar cada uno de estos valores que emanan de ellos, nos he difícil ser recíproco, sobre todo cuando se trata de consolidar estos valores en ellos, para que no vayan menguando con el transcurso de los años, y se hace aún más difícil cuando los padres no creen en la palabra de Dios, no ven a Dios como su Señor y Salvador.
San Lucas 10:21 “En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó”.
Hermanos, seamos verdaderamente creyentes de la palabra de Dios, seamos líderes en la enseñanza, instrucción, y educación de nuestros niños, como lo ha sido Dios con todos nosotros. Unámonos en magisterio espiritual, en perpetuar su inocencia y verdaderos valores, a través del Evangelio, la palabra, y la Fe de Dios.
2 Timoteo 3:15-17 “y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”.
Cuando vengan a la Iglesia, hermanos, para alabar y servir a Dios, no dejen a los niños atrás, ellos son primeros ante Dios; y si no tienen hijos traigan a sus sobrinos, o a sus primos, y si es posible a sus vecinitos también. Y si durante la oración, la alabaza, o la predicación, se tornan inquietos, gritan o lloran, no los reprendan hermanos, en ellos está la Gracia de Dios.
1 Corintio 13:11 “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño”.
En nuestros hogares, en las escuelas, en las calles, en los barrios, cuidémosle como Dios cuida de sus hijos, no lo dejemos caer en malas acciones, alejémosle de las malas influencias de hombres, no importa que sean nuestros hijos, familiares o no, y cuando lo disciplines hazlo siempre en la Fe de Dios, en la palabra de Dios, en el temor a Dios, para que vean en Dios al verdadero padre, protector y salvador que es.
San Mateo 18:6 “Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar”.
Hermanos de mi Iglesia, creyentes, cristianos todos, esta carga es nuestra, nos corresponde llevarla por amor a nuestro Señor Jesucristo, por amor a nuestros niños, por amor a nosotros mismos, para que seamos mejores personas ante los ojos de Dios. No importa cuán pesada sea nuestra carga, un niño, dos niños, o cien niños; por cada niño que salvemos de las garras del enemigo de Cristo, es probable que salvemos una generación de hombres, que se sumarán al Ejército de Dios como hombres de Fe.
San Mateo 18:10-14 “Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños; porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos. Porque el Hijo del Hombre ha venido para salvar lo que se había perdido. ¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y se descarría una de ellas, ¿no deja las noventa y nueve y va por los montes a buscar la que se había descarriado? Y si acontece que la encuentra, de cierto os digo que se regocija más por aquélla, que por las noventa y nueve que no se descarriaron. Así, no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos, que se pierda uno de estos pequeños”.
En nosotros está la palabra hermanos, la misión está sobre nuestra mesa, salgamos a librar todos los días esta guerra espiritual, clamando a Dios que nos dé el arma perfecta para luchar; y honremos a nuestro Señor Jesucristo con cada una de nuestras victorias.
Demos gracias a Dios por su amor, por permitirnos este tiempo de reflexión y mostrarnos el valor de nuestros niños, por nuestra salvación. ¡Gracias mi Dios!





































































































































Comentarios recientes